La primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido

Esta pasada madrugada, en el hemisferio norte, ha entrado el equinoccio de primavera, vamos, que la primavera ha llegado. Va a despuntar con todo su esplendor y quizás, más que otras veces, animada por la disminución de la contaminación, ahora que nosotros solo la podremos contemplar a través de los cristales de nuestra casa.

Y viendo como las plantas florecen, los pájaros cantan y ninguna nube se levanta, minuto a minuto, día a día, sin remedio, nos vamos haciendo conscientes de tantas y tantas cosas que, de otro modo, nunca nos habríamos detenido a pensar.

Sí, estamos confinados en nuestras viviendas, pero con todas las comodidades y necesidades cubiertas: podemos seguir comiendo lo que habitualmente comemos, o quizás mejor, comida casera. Tenemos todos los productos de primera necesidad a nuestro alcance, y los que no lo son, también, a través de cualquiera de las tantas tiendas online que hoy parecen salir de la nada y, además, se nos están ofreciendo por minutos, mil posibilidades de distracción a través de Internet.

Pero, hay algo más.

Está empezando a manifestarse en todos nosotros eso de que «no se valora algo hasta que se pierde»: echamos de menos aquel brindis con amigos, una tarde de paseo sin rumbo, los cuatro días contados que acudimos al gimnasio físico después del propósito de fin de año, un abrazo con quien ahora no está a nuestro lado y de momento no puede estarlo, incluso un apretón de manos de un cliente y hasta de un jefe.

Nos estamos acordando sin querer de personas que no teníamos en mente desde hace tiempo y nos preguntamos cómo les irá, nos planteamos cuál podría ser nuestro granito de arena a aportar para ayudar a quienes lo puedan estar pasando peor que nosotros, empatizamos con los afectados, con los enfermos, con los abuelos que no han podido superar la enfermedad, con sus familiares, con los que los cuidan y nos ofrecen sus servicios, su tiempo y su inestimable dedicación para vencer al virus.

Se está agudizando nuestro ingenio como sucede cuando se nos pone contra la pared, estamos empezando a hacer, y quizás hasta aprendiendo a disfrutar, mil cosas que apenas unas semanas antes nos hubieran parecido impensables, como el descubrimiento de nuevas rutinas del día con todos en casa, que obliga a actualizar o a replantear los hábitos de convivencia, o como dar salida a toda la creatividad que llevamos dentro, hasta ahora tapada por el estado de inercia en el que solíamos caminar en nuestra vida cotidiana…

La lista de oportunidades, enseñanzas, experiencias que se nos están poniendo delante es casi infinita, o sea infinita. Sí, lo es.

¿Y sabes lo mejor de todo?

Que cada día nos vamos a dar más cuenta de ello y posiblemente, lleguemos a acostumbrarnos.

Por ahora, este virus que nos mantiene aislados y encerrados, sigue ahí, y mi humilde opinión es que ahí seguirá hasta que sepa que hemos interiorizado de alguna manera este aprendizaje.

Y mientras tanto, la primavera sigue asomándose, naciendo también este año y giñándonos sus bonitos ojos, como diciéndonos, tal como rezaba una conocida leyenda que suele relatar Jorge Bucay: «Esto también pasará».