La mente del niño funciona como en los cuentos

Pasé una buena parte de mi primera infancia observando a Colón. La estatua. La que está erigida delante del Port Vell de Barcelona. Ni siquiera había cumplido los dos años y mis abuelos, con los que pasaba muchos de mis fines de semana, para conseguir que engullese mi papilla, ya me hicieron fijar en su dedo señalando el avistamiento de tierra indígenas desde su carabela, pero haciéndome creer que con ese dedo me señalaba a mí para ordenarme que terminara mi comida o mi cena, o desayuno o merienda.

Ese índice, que me hizo abrir la boca en tantas ocasiones, obediente ante la autoridad que suponía para mí tal imponente figura, cuando me encontraba en la terraza del 5º piso del n.º 50 del entonces llamado «Paseo Nacional», hoy Passeig de Joan de Borbó, volvió a cobrar protagonismo cuando, no sé muy bien por qué ni tampoco cuándo, mi padre volvió a hacerme creer algo tan insospechado como que en su interior albergaba un restaurante. Pese a lo grotesco de la idea, he de confesar que pasé mucho tiempo fabulando sobre la posibilidad de que fuese cierto. Tanto que incluso veía las mesas organizadas en fila siguiendo la anatomía dactilar.

Es curioso cómo funciona la mente de los niños.

Vale que, ante una afirmación categórica de papá, llegase a pensar que era –o podía ser– cierto, pero lo curioso es que no me preguntaba ni cuánta gente podía caber dentro, ni si habría ventanas, ni cómo respiraba la gente allí si no las había… lo que más me hacía dudar o rascarme la cabeza era, ¿cómo se podía subir a un sitio tan alto?

No sé si para otros niños, mi duda hubiesen sido también sui principal motivo de extrañeza o ellos más bien hubiesen reaccionado directamente ante la descabellada idea del restaurante.

La ironía de la vida es que sí que existe un ascensor para subir, no al dedo, pero sí a lo alto de la estatua y desde luego, no existe tal restaurante… Pero lo que yo veía era la columna que lo soportaba demasiado pequeña, estrecha para que cupieran siquiera unas tristes escaleras que condujeran al susodicho dedo, pero en cambio, veía la posibilidad de que allí existiera ese local.

Siempre he creído que mi modo de pensar, mi línea de pensamiento, es diferente al resto de la gente e incluso la he llegado a creer equivocada. Hoy, comprendo que no tiene por qué ser así. Quizás es paralela, a la de los demás, incluso divergente y quizás por eso me resulta fácil adentrarme en los confines del mundo de la fantasía, el mundo de los cuentos de hadas…

De hecho, y confieso que es algo que me tranquilizó bastante en este sentido, ya eligió Caroll una situación parecida para su personaje protagonista de Alicia en el País de las Maravillas. La niña, se encontraba bajo un árbol leyendo un soberanamente aburrido libro de su hermana, cuando de repente, apareció un conejo blanco que exclamaba una y otra vez: ¡Llego tarde!, ¡Llego tarde! Y a continuación se fue corriendo al sacar del bolsillo de su chaleco, un reloj y comprobar atónito la hora que era. ¡Evidentemente tarde! Y no fue hasta ese momento que Alicia se dijo extrañada en palabras de Carroll: «¿Cómo es posible que un conejo lleve chaleco y reloj?» No le extrañó que apareciera un conejo blanco de la nada, no le extrañó que hablara, si no que ¡llevara reloj!

Es posible que si le contara a Carroll mis dudas ante la grotesca idea que me contó mi padre, me hubiese dicho que, de existir escaleras o ascensor en el pie de la estatua, me invitaba a cenar en ese increíble, inaudito, insólito, fascinante, mágico restaurante en el dedo índice de la estatua de Colón.